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La Jornada, martes ¤ 31 ¤ julio ¤
2001
Un cafecito para el Plan Puebla-Panamá
Armando Bartra
El café está en la olla y sin piloncillo ni canela.
Cancelados a fines de los ochenta los acuerdos internacionales que
regulaban la oferta, las existencias acumuladas salieron al mercado
y de 1989 a 1993 se desplomaron las cotizaciones; pero esa gran
crisis fue sólo la puntita, tras una corta recuperación
a mediados de los noventa, a partir de 1997 los precios se abisman
de nuevo arrastrados por cosechas crecientes que ya rebasan en 10
por ciento a la demanda.
En los buenos tiempos el café valía 150 o hasta 200
dólares las cien libras, buena cotización si consideramos
que nuestros huerteros la libran con que el precio llegue a cien.
Hoy en el mercado de futuros de la bolsa de Nueva York, las cotizaciones
para septiembre están en 56 dólares las cien libras,
y podrían caer a 50 para el periodo octubre 2001-marzo 2002
en que saldrá la cosecha mexicana. En el ciclo pasado los
precios fluctuaron entre 75 y 90 dólares, que no pagaban
ni el corte y arruinaron a muchos productores. Si ahora baja 30
dólares más y a esto agregamos los castigos que sistemáticamente
se aplican a nuestro grano por su pobre control de calidad, el productor
perdería entre 75 y 80 por ciento de la inversión.
La situación es, pues, insostenible.
En los últimos cuatro años los pequeños y medianos
caficultores comenzaron a desertar. Al principio buscaban otros
ingresos para compensar las pérdidas, regalaban la cosecha
a quien quisiera pizcar con tal de evitar que el fruto no cortado
dañara a los árboles o de plano dejaban enmontar la
huerta en espera de tiempos mejores; después empezaron a
malbaratar las plantaciones, pero como no hay quién las compré,
ahora las están tumbando y quemando para meter ganado o sembrar
milpas de ínfimos rendimientos. El saldo es deforestación,
pérdida de suelos, menor rendimiento hídrico e incremento
de plagas agrícolas por la reducción de aves migratorias.
Y es que las huertas, en particular los cafetales con sombra y diversificados,
son ambientalmente amistosas, de modo que una eliminación
generalizada y anárquica de las plantaciones puede ocasionar
una catástrofe ecológica.
Nueva trashumancia cafetalera
Pero mayor es la catástrofe social. El efecto más
grave de la crisis cafetalera no es el cambio desordenado de cultivos,
sino el abandono de la agricultura, la deserción del campo,
el éxodo multitudinario. La migración incontrolable
de sur a norte con la intención de cruzar a Estados Unidos,
a la que hoy se suman por miles los antes aferrados caficultores,
es la medida de nuestra derrota agraria y consiguiente pérdida
de soberanía laboral, es la evidencia más dramática
de nuestro fracaso como nación.
Porque cuando las importaciones agrícolas arruinan a los
campesinos y las exportaciones se desvalorizan, la única
salida es exportar seres humanos. En los últimos años
están escapando del país entre mil y mil 500 mexicanos
cada día, uno por minuto. Si no fuera por la cerca, el río,
la montaña, el desierto y la migra, serían muchísimos
más. Y migran trabajadores rústicos, pero también
citadinos y profesionistas, de modo que si las fronteras estuvieran
abiertas ya nos hubiéramos vaciado.
En los últimos 25 años el café devino cultivo
de refugio para decenas de miles de labradores, que encontraban
en las huertas fomentadas por Inmecafé los ingresos monetarios
que ya no les reportaban sus magros excedentes milperos. Con los
malos precios los pequeños productores sufrían, pero
no dejaban el cafetal. Hoy se están yendo atropelladamente.
En Motozintla, Chiapas, corazón del otrora emporio cafetalero
del Soconusco, se multiplican los anuncios ofreciendo viajes a Reynosa,
Ciudad Juárez, Tijuana..., y uno de los últimos grupos
de migrantes muertos en el desierto de Arizona provenía del
vergel cafetalero de Veracruz. Así están las cosas.
Emergencia nacional
Por si fuera poco, el azúcar no tiene precio y 150 mil cañeros
no han cobrado la zafra de este año. Las importaciones de
maíz blanco y amarillo, con mínimos aranceles de 3
y 1 por ciento respectivamente, están arruinando a los productores
netamente comerciales del noroeste, que no pueden vender, pero también
desvalorizan los excedentes de los milperos más modestos
y desalientan incluso la producción de autoconsumo, dejando
un saldo de alrededor de 3 millones de productores damnificados.
La entrada de arroz a precios de dumping tiene quebrados a los arroceros.
El ingreso de piña enlatada golpea a los cosechadores de
nacionales Oaxaca y Veracruz. Y lo mismo sucede con la producción
de leche y de carne acosadas por el polvo lácteo de importación
y la entrada de vacunos centroamericanos; por no mencionar los problemas
que aquejan a trigueros, sorgueros y frijoleros. Si a esta debacle
general agropecuaria agregamos el desmantelamiento de la caficultura
campesina, que sustenta a unos 260 mil productores y considerando
pizcas y agroindustria da de comer a unos tres millones de personas,
habrá que reconocer que estamos ante una emergencia máxima,
un problema de seguridad nacional.
No es retórica. Ni siquiera exageración. Dejar a la
intemperie a 25 millones de mexicanos que viven y trabajan en el
campo, entre ellos en sector más pobre de la población
y casi la totalidad de los indios, nos adentra en una catástrofe
económica, social y ambiental de dimensiones colosales. Crisis
de soberanía alimentaria, crisis terminal de soberanía
laboral, crisis ecológica, y por último -que no al
final- crisis sociopolítica, pues los descalabros agrícolas
y en particular los cafetaleros, se han asociado históricamente
con la aparición de guerrillas.
El problema es grave, pero tiene solución, y los caficultores
organizados la han planeado una y otra vez: definir una política
estratégica para el aromático en la línea de
acotar la producción mejorando la calidad, pues sin duda
la cafeticultura mexicana tiene notables ventajas comparativas que
se deben potenciar; crear un fondo regulador que proteja al productor
de las fluctuaciones de los precios captando un porcentaje del ingreso
cuando son altos y redistribuyéndolo cuando bajan, lo que
haría innecesarios tanto los subsidios sistemáticos
como los crónicos y clientelares apoyos emergentes; fortalecer
la posición del café mexicano en el mercado, en particular
en los nichos de calidad como gourmet, orgánico, denominaciones
de origen, etcétera; ampliar en extensión y exigencia
el raquítico y estragado mercado interno impidiendo la importación
y cancelando la norma que permite vender como café una mezcla
con hasta 30 por ciento de impurezas; contrarrestar la sobreoferta
impulsando acuerdos internacionales y mediante retenciones del grano
de peor calidad financiadas con recursos fiscales. Las propuestas
de los huerteros están ahí, impulsadas por el conjunto
de los productores agrupados en el Foro Café y en particular
la Coordinadora Nacional de Organizaciones Cafetaleras. Ahora es
cosa de que el gobierno les haga caso.
Un grano básico
Y debieran hacerles caso, pues el café ha sido el mayor generador
de divisas después del petróleo: es el cultivo netamente
mercantil del que dependen más familias campesinas y la principal
actividad comercial de la mayor parte de las comunidades indígenas.
Por si fuera poco, el café es la columna vertebral de las
exportaciones agrícolas del sur-sureste mexicano y por tanto
es la clave de la economía popular de esta región.
Por todo ello uno podría esperar que la caficultura campesina
fuera un eje estratégico del tan pregonado Plan Puebla-Panamá
(PPP). Porque el café no sólo es relevante para México,
se trata del cultivo comercial más importante de los cinco
países centroamericanos: en Guatemala emplea a 700 mil personas,
el 20 por ciento de la PEA; en Nicaragua 280 mil, 17 por ciento
de la PEA; 200 mil en Costa Rica; 135 mil en El Salvador; 111 mil
en Honduras; lo que en conjunto representa trabajo para un millón
y medio de centroamericanos.
Sin duda el café debiera ser prioritario en la perspectiva
Puebla-Panamá, y sin embargo no lo es. Ni siquiera porque
la profundidad de su crisis pone en cuestión la viabilidad
socioenómica de Mesoamérica y en particular de los
países del istmo; porque, si hace un quinquenio los ingresos
cafetaleros de la región eran de casi 2 mil millones de dólares,
para este año serán de menos de mil millones, pese
a que se han mantenido los volúmenes de exportación.
En Nicaragua, por ejemplo, donde la crisis del aromático
se combinó con una sequía que arruinó los cultivos
de alimentos, los despedidos de las fincas cafetaleras se refugiaron
en Matagalpa, duermen en una bodega abandonada y se alimentan de
raíces y frutas silvestres.
¿Nueva colonización o economía popular?
Si el PPP fuera en verdad un compromiso estratégico del nuevo
gobierno federal con los lacerados pueblos de la región,
debería invertir sus prioridades. En vez de corredores transístmicos
al servicio de los flujos mercantiles estadunidenses; en vez de
vertiginosas plantaciones de hule, eucalipto, bambú o palma
africana, ambientalmente contraindicadas y socialmente expropiatorias;
en vez de infraestructura y facilidades para maquiladoras negreras
y proyectos turísticos excluyentes. En vez de poner por delante
proyectos ominosos que sólo consideran al gran capital, el
gobierno de las muchas promesas debería empezar atendiendo
las necesidades de la economía popular realmente existente,
y ante todo emprender el rescate de la caficultura campesina, la
actividad que más empleos genera en los estados del sur-sureste
mexicano y los países de Centroamérica; el cultivo
del que, hoy por hoy, viven unos 5 millones de mesoamericanos. Me
dirán, quizá, que del fomento de las huertas ya se
ocupa la Sagarpa, del desarrollo social en las zonas cafetaleras,
la Sedeso, y de los aspectos ambientales de las plantaciones la
Semarnat. Bien si así fuera. Pero entonces, ¿para
qué sirve el cacareado Puebla-Panamá?
Posiblemente sacar adelante al grano aromático y reanimar
a sus vapuleados cultivadores no baste para darle vida al PPP. En
cambio, es seguro que si cae del todo la caficultura campesina -digo,
si cae-, el PPP estará muerto y la América equinoccial
inaugurará el milenio en medio la crisis más abismal
de su muy crítica historia.
¤ Fragmento de La hora del café, conferencia magistral
leída por el autor el 13 de julio del 2001, en el Instituto
Veracruzano de Cultura, dentro del programa de octavo Festival Internacional
Afrocaribeño.
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